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Rodar
dentro de la Caravana Multicolor es ser testigo y, a menudo,
partícipe de los asuntos del pedal, los embalajes, las frenadas
y caídas; es vivir entre ciclistas, mecánicos, comisarios,
jueces y federativos; es compartir con los grupos de apoyo y los
colegas de la prensa; con los corresponsales voluntarios y
aficionados de todo el país a través de sus Peñas Deportivas; es
finalmente, aprender más de este maravilloso “circo rodante” que
reúne tres millones de cubanos en dos semanas junto a los
caminos y nos lleva cada año de un extremo a otro de la Isla.
Dentro se conocen “cosas” que desde fuera pasan inadvertidas. Y
hay ejemplos.
Damián Martínez tenía que ganar la Vuelta Ciclística a Cuba de
todas maneras. No porque fuera el mejor, pues había varios tan
buenos como él, ni por ser el más capaz, fuerte o inteligente.
Solo para llegar a competir en el giro cubano del pedal, hay que
tener de todo eso y mucho más. Ganó Damián por una razón, tan
simple como tremenda: se lo propuso a sí mismo en horas de
dolor, amargura y decisión, cuando se jura en silencio con
palabras que no se permiten publicar. Y lo primordial para
cumplir la promesa fue su honor, a la altura de las montañas que
escaló.
Damián (cuyo nombre verdadero es Damier) se inscribió con
valentía y sudor en el sitial de oro de la memoria de las
Vueltas, donde otros (quizás también con excelentes cualidades)
no pudieron llegar o no han llegado todavía. Cualesquiera de los
líderes individuales: Joel Mariño (Cuba B), vestido con el
jersey negro, por puntos; César Salazar (Lotería del Táchira),
usando el jersey azul, de Montaña; Jackson Rodríguez (Lotería
del Táchira), dueño del jersey blanco, menores de 23 años
(Sub23); u otro de los buenos, pudo haber logrado el jersey
amarillo de ganador de la Vuelta, incluso más de uno lo llevó
durante el largo trayecto, pero Damián llegó a la meta final con
el color del sol. Felicidades a este ciclista estrella de
Guantánamo: indiscutible campeón.
A propósito ¿sabe Ud. porqué la camiseta del líder es amarilla?
Resulta que la primera y más famosa carrera ciclista de ruta por
etapas, del mundo, es el Tour de Francia, cuya vigencia pasa de
los 100 años. Organizada por la revista L’Auto (antecesora del
hoy principal diario deportivo francés: L’Equipe) en 1902,
celebró su primera salida el 1° de julio de 1903. La idea fue
del redactor Geo Lefevre y se la planteó a su director Henri
Desgranges, quien fuera plusmarquista mundial de la hora en
1893. En 1919, se dieron cuenta de que nadie sabía quien estaba
ganando cuando pasaba el pelotón y decidieron identificar al
ciclista líder de la clasificación general individual, con un
jersey amarillo. ¿Por qué amarillo? Pues porque era el color de
las páginas de la revista L’Auto en esa época.
Nuestra revista SENDAS, que ha participado directamente en los
últimos tres giros y viene publicando la Vuelta desde el 2000,
en que se retomó tras una década de receso, fue este año con un
grupo de colaboradores que apoyan el evento. Salimos de la
capital rumbo a Baracoa, a más de mil kilómetros de distancia,
tres días antes de comenzar la carrera con el fin de tomar parte
en el congreso técnico y conocer toda la organización. Hicimos
la Vuelta en un Peugeot 206, de MiCar, con cinco puertas, nuevo
(todavía sin tener tres meses en la renta), provista de un
pequeño motor de solo 1,1 litro, el cual aprovechamos para
probar en las duras condiciones de la competencia. En total
recorrimos 4 258 Km, tres cuartas partes de ellos a fuerte
régimen de explotación.
El
motor de 1 124 cc rugía al escalar por las carreteras de
montaña, algunas con casi 60° de inclinación, mientras los
neumáticos, Michelin, chirriaban en la trepada. La caja de
velocidades, de cinco marchas, y el cloche resistieron sin
dificultad los “tirones” requeridos para pasar el pelotón,
incluso cuando tuvimos que salirnos de la carretera y tomar
tierra para no atropellar algún ciclista desviado. La
estabilidad del carro, magnífica. Los frenos, puestos a prueba
en bajadas de vértigo, sorteando curvas cerradas (más de 90°)
entre los ciclistas, a 100 Km/h, funcionaron en perfecta armonía
con la caja de velocidades. Nunca sentimos estar en peligro,
aunque el “miedo” se monte en el carro y viaje sin o con
cinturón de seguridad.
La Caravana Multicolor tiene unos tres kilómetros de longitud.
La abre la Policía que va cerrando el tránsito para que pasen
los ciclistas y a la vez anuncia al pueblo que “por ahí vienen”.
Le siguen colaboradores que se suman por tramos a las emociones
del giro, el Toyota Hiace de la prensa, los Peugeot 307 de Radio
y Tele Rebelde, el Subaru Vivio del periódico avileño Invasor
(que transmite para Internet), así como algún que otro invitado.
También el Peugeot 106 de los mecánicos neutrales, que le
prestan sus servicios a los escapados. Luego viene el Skoda del
Juez de Punta con su luz giratoria amarilla sobre el techo,
custodiado por patrullas de la Policía que se encargan de
mantener “tierra por medio” entre los que van adelante y los
ciclistas que vienen pisándole los talones. El pelotón, unas
veces compacto, otras desperdigado por grupos de escapados y
rezagados, marcha imponente al Son del Pedal con la melodía del
esfuerzo muscular en catalinas y el siseo de las llantas sobre
el asfalto. Se escuchan gritos esporádicamente: es algún
ciclista buscando su posición, advirtiendo un escape o
maldiciendo el camino, su bicicleta o a sí mismo.
Detrás del pelotón va el Comisario Principal, así como el
director técnico con la emisora de la Vuelta (88.5 FM) y el
médico. A continuación los carros de auxilio de todos los
equipos, por orden de clasificación, y las ambulancias.
Finalmente el “carro escoba”: un ómnibus que recoge a los
accidentados y pone fin a la Caravana. En total hay más de medio
centenar de vehículos. Y si sumamos las motocicletas de los
comisarios, que van y vienen, son más todavía. En innumerables
ocasiones tuvimos que cruzar la Caravana de punta a cabo, ya sea
para tomar una Meta Volante, un Premio de Montaña o algún lugar
histórico; otras nos íbamos delante para preparar una llegada o
un paso a nivel (F.C.), mas siempre andábamos de aquí para allá.
Es un trabajo hermoso y peligroso al mismo tiempo.
Todo este andamiaje tan bien concebido y operado, asegura que no
haya accidentes graves y mucho menos fatales. La Seguridad de la
Vuelta es tan importante como ella misma. Al final de cada etapa
(siempre más de 100 Km de recorrido), los ciclistas van a sus
cuarteles: masajes, baño, alimento y descanso; los mecánicos a
poner a punto las bicicletas; los periodistas a escribir y
reportar, los fotógrafos a “descargar” sus instantáneas en las
computadoras; los choferes a habilitar y revisar sus carros; el
Colegio de Comisarios dicta su arbitraje y el equipo del boletín
imprime los resultados. La Caravana se ha desmembrado y solo
pueden verse desperdigados: autos, motos y ciclos, de alegre
decorado, por la ciudad. Algunas noches se precipitan las peñas
deportivas o hablan los funcionarios del Gobierno local e
historiadores. Luego a dormir.
A la mañana siguiente, temprano, todo vuelve a armarse en
vertiginoso movimiento para rodar otra etapa más. Los ciclistas
firman el libro de asistencia, los entrenadores abastecen sus
autos con de alimentos ligeros y líquidos energéticos, todos
ponen a punto su misión. La serpiente de colores empieza a
moverse por las calles entre los aplausos del pueblo, en busca
de la salida a la carretera, del kilómetro 0, para la arrancada
oficial.
Este año fue de celebraciones por ser la 30° Vuelta. En el curso
del trayecto se develaron tarjas, se colocaron flores en otras
ya conocidas y se rindió homenaje a lo mejor del ciclismo.
Además de la grata (ya habitual) compañía de Humberto Rodríguez,
presidente del INDER, disfrutamos de leyendas vivas como José
Llanusa y Armando Acosta, entre otros, ligados para siempre a
estos eventos por la Historia. Solo parecían faltar físicamente
Paseiro y Pipían, pero como ambos estaban en la mente de todos,
no se notó su ausencia. Esta Vuelta hizo historia, pero ya es
pasado. Ahora se prepara la XXXI, que seguramente será mejor,
como viene ocurriendo desde su re inicio. |
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